Vuelo asistido

Aquella noche, como tantas otras veces, Filoni voló.
No era nuevo en eso de elevarse por los aires, pero nunca antes había sabido manejarse con tanta soltura por el cielo, ni alcanzado velocidades tan altas como aquella vez. Voló sobre la plaza principal y reconoció las estatuas, bancos y árboles, aunque su disposición parecía un tanto caprichosa. Se acercó a la Catedral, y dibujó un ocho alrededor de las dos torres más altas. Giró sobre sí mismo para quedar boca arriba, se persignó al revés -comenzando por el “santo”- y rió. Divertido por su blasfemia y la impunidad con la que podía manejarse a esas horas, cruzó hasta el otro lado de la plaza y le hizo pito catalán a la casa del Señor Gobernador. De un nuevo impulso vertical, ascendió hasta apenas debajo de las nubes para tener una vista más amplia de la ciudad, que no era la suya pero casi. Allí se encontró con un paisaje hermoso y críptico: las luces y las calles trazaban un mapa que Filoni entendió como un enigma que no sabría descifrar. Un impulso (miedo) lo llevó a preguntarse dónde estaría la clave, pero decidió ignorarlo. Prefirió divertirse unos momentos más nadando por las corrientes negras del firmamento como pez en el agua. Cuando se cansó, largó un suspiro mudo y supo que era hora de aterrizar.
Se lanzó en círculo hacia el centro de la plaza, dibujando una espiral cerrada. Se jactaba de su gran habilidad para evitar los pájaros (¿eran pájaros? ¿allí, tan alto?) y los látigos de viento hostiles cuando golpeó sin querer a una imponente figura, toda ataviada con harapos negros, que surcaba el cielo trastabillando en sentido horizontal. El choque, seco y fuerte pero poco violento, sonó como un vitró cediendo ante el embate de una piedra certera. El impacto hizo que la figura, altiva y noble pero notoriamente desmejorada, desacelerara un poco su marcha. Pero ésta continuó enseguida con su descenso lateral, alejándose hacia el norte, como chupada desde la lejanía por un imán gigante. Sobre el pecho llevaba un colgante color rojo sangre que titilaba con una luz mortecina. En la cabeza, un yelmo disforme que recordaba a un dios antiquísimo del que nunca se oyó hablar. En una mano sostenía una bolsita arenosa. La otra la extendió en dirección a Filoni, quien trató en vano de asirla. Antes de perderse en el horizonte, aquel ser le dijo unas palabras que se ahogaron en el aire. Filoni no llegó a comprenderlas pero supo que eran un pedido de auxilio. Aunque fue la constitución de la voz lo que más le llamó la atención, lo que lo desconcertó. Sonaba distinta a cualquier otra voz que hubiera escuchado jamás, como si las palabras que pronunció fueran pinceladas blancas en un lienzo negrísimo de bordes irregulares. También le sorprendió que ese ser imponente, con su porte y su altivez intactos, se rebajara a pedirle ayuda a uno finito como era él. Perdido en sus cavilaciones, no notó que su don de aires se había desvanecido, precipitándolo hacia la tierra.
La gravedad aceleraba al volador impotente cada vez más y la plaza ya estaba muy cerca cuando Filoni cayó en la cuenta de su situación. Quedaba nada para que el suelo lo ultimara. Desesperado, gritó por ayuda. El impacto era ya inminente, así que se tapó la cara con los brazos, cerró los ojos y apretó los dientes con fuerza. Justo antes de terminar coronando una estatua perturbadora, una brisa tibia y reconfortante lo arrulló, delineando una medialuna invisible en el aire. La brisa, con su voz dulce y familiar, le cantó una canción de cuna que hacía las veces de viento. Finalmente, Filoni se durmió plácido y tranquilo, como un bebé después de tomar el pecho.
Entonces despertó, dejando el Ensueño atrás lentamente.
Hizo su máximo esfuerzo para retener lo que había soñado y logró abrazar algunos fragmentos difusos. Intentó volver a dormir, desesperado por despegar nuevamente. Logró conciliar el sueño, pero nunca supo que jamás volvería a soñar.

N. Allegre, en Viajes verdaderos al Ensueño (1916).

Borges, Jorge Luis y Bioy Casares, Adolfo. “Vuelo asistido”. En: Cuentos breves y extraordinarios. Argentina, Editorial Losada, 1957; p. 154.

NOTA: pongo directamente la cita del libro que recopila el cuento y no de la obra original porque no encontré nada que cerciorara la existencia de ese libro. Y como todos sabemos que a esos dos pícaros les encantaba hacer pasar por ajenas obras propias o cambiar detalles a su antojo, creo que jamás se sabrá con certeza de dónde salió el cuento en verdad. Incluso creo haber leído, hace muchos años, que hasta existía otra versión del cuento -anónima- donde el final era completamente distinto, Filoni se llamaba de otro modo, tenía un reloj de arena que para el final se rompía, estaba casado y era su esposa la que lo terminaba salvando.

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3 comentarios to “Vuelo asistido”

  1. La bestia Says:

    Sin palabras. Salvo por “orgásmico” y “sublime”… y otras más que ahora se me escapan pero que ya te diré cara a cara. Este Allegre estaba para cosas GRANDES.
    ¡Saludos!

  2. La bestia Says:

    Y… dejo de aplaudir en este preciso momento porque ya tengo las manos coloradas… En cuanto se enfríen, continuaré…

    ¡Saludos para Federiken, Allegre, Bioy y Borges! ¡Y también para Filoni y el Ser volador!

  3. Anónimo Says:

    Más, más!! Danos más pronto!!! Lo exigimos!

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